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La T.I.A. y yo

la-tia.-y-yo

 Diciéndoles que a los euros aún los llamo mortadelos, lo di­go todo. Soy contu­maz admirador del gran Francisco Ibáñez, de Mor­tadelo, Filemón y el resto de per­sonajes por los que la Fundación Princesa de Asturias debería, an­tes de que sea demasiado tarde, apearse de su esnobismo interna­cional para reconocer como es de­bido la impresionante trayectoria del hombre que, desde Cervantes, más hizo por la lectura en España. El mayor creador de jóvenes lec­tores que nunca tuvimos, con ese humor iconoclasta, gamberro y salvaje que campea sobre seten­ta años de historia de la historieta nacional.

En orden jerárquico de amores personales, no dudo: Tintín, Mor­tadelo, Astérix. Pero como espa­ñol que soy, asumo episodios mor­tadelianos que lo superan todo, incluso en mis recuerdos. Nunca tuve con la agencia de inteligen­cia inventada por Ibáñez, la T.I.A., otra relación que la de los tebeos; pero en mis tiempos de reportero anduve tocándola de refilón. En aquel tiempo, la T.I.A. de los espa­ñoles era el CESID, servicio dirigi­do por un general llamado Man­glano. Aún no era la organización que conocemos ahora, el CNI, que incluso ha pagado duros tributos de sangre en misiones internacio­nales. En aquel tiempo, y hablo de final de los 70 y principio de los 80, el CESID dedicaba parte de su actividad a la fontanería interior con métodos bastante sucios, al estilo de quienes lo dirigían y de la complicada España donde opera­ba. A veces, con chapuzas dignas de Ibáñez.

Los azares de la vida profesio­nal cruzaron mi camino con algu­nos de sus agentes. Uno de ellos, Charlie, llegó a ser amigo mío. Él sí era un espía estupendo. Nues­tros intereses profesionales coin­cidieron a veces: necesitábamos información, él para sus jefes y yo para los míos. Así que, en plan compadres, montamos algunas operaciones bonitas. Una en Gui­nea Ecuatorial, conmigo y una guapa camerunesa vigilando en un pasillo mientras él fotografia­ba documentos secretos. Otra, en Libia y con palestinos incluidos de ésa obtuve una radio Sony que me regaló Gaddafi después de una entrevista–. El caso es que Charlie triunfó con sus informes, yo con mis reportajes, y los dos nos reímos has­ta saltársenos las lágrimas. El pro­blema fue cuando mi amigo se largó del CESID y sus colegas me pincha­ron el teléfono. Los mordí de casua­lidad, porque el chapuzas de turno pulsó la tecla de reproducción en vez de la de grabación, y me oí a mí mismo al descolgar. Así que acudí a Picolandia y pude darme el lujo, en presencia de un teniente coronel de la Guardia Civil, de ciscarme en la puta madre de un comandante del CESID en un hotel de Madrid, que tiene su morbo. Pero ésa es otra his­toria.

 La última cosa que hice con Charlie antes de que se larga­ra le habría encantado a Ibáñez y sus lectores. Un agente marroquí amigo mío, que operaba en Es­paña bajo la cobertura de perio­dista, me había soplado la visita clandestina a Madrid de Ben Be­lla, un político muy importante de la oposición argelina. Me traji­né conseguir una entrevista para TVE en un lugar secreto, y cuan­do concerté la cita le intercambié a Charlie la información por otra que me interesaba mucho sobre los negocios africanos de un famo­so empresario español. Llegamos a un acuerdo, obtuve lo que que­ría, y Charlie y sus jefes montaron el dispositivo de seguimiento para que los condujese hasta Ben Bella. Y ahí fue donde la T.I.A. entró en acción.

No he visto en mi vida una cha­puza semejante. Cuando acudí a la cita con el contacto en la cafetería Nebraska, nada más entrar vi que había más espías que clientes. Bas­taba con observar los caretos y las actitudes. Mientras conversaba en la barra con el contacto, que era un marroquí muy nervioso, Charlie pa­só por mi lado y me dio un codazo cómplice en los riñones que me hi­zo derramar el café. Luego –lo juro por mi madre–, a una espía morena que estaba dos taburetes más allá se le cayó al suelo un magnetófono; y cuando el contacto y yo salimos a la calle, se nos amontonaron detrás seis o siete Filemones empujándo­se unos a otros. Subimos a un coche con conductor, enfilamos la carrete­ra de La Coruña, y al volverme con disimulo a mirar vi pegados a nues­tro parachoques dos coches y una moto con la misma peña de la cafe­tería, morena del magnetófono in­cluida. Y cuando mi conductor se vio obligado a dar un frenazo, la moto nos pasó por la derecha y se cayó en el arcén, uno de los coches nos esquivó con un volantazo des­esperado y el segundo coche frenó con un chirrido de neumáticos, y casi se nos estampa detrás.

Lo dicho: Ibáñez, premio Prin­cesa de Asturias. Ya mismo. No son sólo ingeniosas historietas cómicas. Porque Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el botones Sacari­no, Rompetechos, también fuimos, y quizá todavía somos, nosotros.

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Written by Bienvenido Feliz

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