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Manolo, no serás olvidado, con premio o sin él

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Manuel Mora Serrano es una fiesta., como el Paris de Hemingway. O como el Premio Nacional de Literatura que acaba de recibir.

Pocas veces un escritor es reconocido aquí y allá. Sobre todo en las provincias y regiones que tanto amó y donde sigue siendo un ídolo.

Manolo, como cariñosamente se le dice, es un punto de partida para entender no solo las vanguardias artísticas de las letras nacionales (y la suya propia), sino también del intelectual que comprende la importancia del turismo cultural dentro de la media isla en que vivimos para descubrir quiénes somos, qué nos gusta y por qué vivimos..

Su recorrido por campos y ciudades del Cibao en busca de los platos tradicionales es caldo de cultivo. Hoy, sin embargo, sus relevos literarios están en otra cosa. Pero él lo hizo cuando tuvo la mente fresca como los atardeceres de Constanza. Las circunstancias, entonces, se lo permitían. Nos dejó un legado de identidad muy cercano a la sabiduría popular, esa que sabe de que lado atisba la inspiración de un escritor en busca de lo mejor.

Su presencia en tertulias y encuentros culturales llenó una época de mitos y leyendas. Imposible olvidar su arrastre personal, sus chispeantes intervenciones y sus siempre oportunas ocurrencias. Manolo brillaba con su palabra oportuna y su mirada socarrona. Se lucía en San Francisco de Macorís, en las tertulias de “La gallega” a la que concurrían los mejores escritores del país. Freddy Gatón Arce y Cayo Claudio Espinal fueron sus compinches. Juntos, no perdían el tiempo en antropologías.

En su Pimentel natal deberían hacerle una estatua que incluyera el nombre de AMIDVERSA, el grupo literario que fundó. Pero ya no se hacen esas cosas. Ahora se vive con el pulso en la garganta, la custodia del puesto empresarial y la mirada en la tarjeta de crédito.

Lo conocí ya jubilado, con su famosa y peculiar boina. Iba a entrevistarlo para una revista literaria que entonces era el corazón cultural de la Ciudad Corazón. Nos hicimos amigos y juntos,  no solo tomamos buen vino, sino vivimos momentos simpáticos junto a otros amigos, y personajillos muy peculiares. Con Manolo terminé por entender que las páginas una vez escritas, ya no tienen arreglo. Que la amistad vale más que una crítica caprichosa. Andamos en Puerto Rico. En otras circunstancias, también habríamos rondado por La Habana, pero algo hay que dejar para la otra vida. He conocido a dominicanos de mucha cultura. Pero ninguno supera la suya.

El tiempo me ha obligado a visitarlo solo por la Internet. A cada rato, prestigia el Listín Diario con sus escritos para la sección Ventana.

Y nada más. Queda mucho por decir. Pero esas palabras no se las llevará el viento. Ya están escritas dentro de su obra inmortal.

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Written by Bienvenido Feliz

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