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San Cristóbal de los 50

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Durante los años 50, la ciudad de San Cristóbal tuvo algunas características peculiares. Era una ciudad pequeña con una población nativa reducida donde todo el mundo se conocía, a pesar de lo cual contaba con algunos atractivos que hacían llegar a ella personas de todos lugares del país. Por entonces conocí personas llegadas a San Cristóbal desde Puerto Plata, como mi padre, y otras desde Santiago, San Pedro de Macorís y otras ciudades.

Entre los atractivos que tenía la ciudad para personas de otros lugares destacaba la fuente de empleos. Allí había industrias que requerían una mano de obra mayor a la que podía aportar la ciudad como tal y sus lugares vecinos. Vale la pena destacar, entre ellas, la fábrica de armas, fundada por Trujillo con el apoyo de expertos húngaros traídos al país después de concluida la segunda guerra mundial.

En la fábrica de armas se empleaban cientos de obreros y en ella se fabricaban armas que suplían la necesidad de nuestras instituciones armadas y además se exportaban a otros países del Caribe. La más famosa de ellas fue la ametralladora San Cristóbal, ejemplares de las cuales todavía se encuentran entre los miembros de nuestras instituciones castrenses.

Pero también estaba la Industria Nacional del Vidrio, que era una empresa de gran tamaño que contaba con varias naves y donde se daba empleo a cientos de obreros, para cubrir los tres turnos de trabajo, ya que la misma laboraba de manera continua para poder cubrir la gran demanda de botellas y otros productos de vidrio que requería el empresariado nacional.

Existía, además, la industria licorera, que no era una empresa de gran tamaño, pero en la que se ofertaban empleos a decenas de personas. Entre los productos que allí se producían estaba el Anís Confite, que para su promoción se decía que sabía a besos de mujer.

Pero, además estaba la fábrica de ropas y tejidos, que era conocida como Mis América. Allí laboraban cientos de mujeres en la fabricación de ropas con las que se surtían los comercios nacionales, pero que además daba para exportar, a pesar de que para entonces no existían zonas francas.

Y aunque con menos importancia, también existía en San Cristóbal una industria de calzado, que fabricaba los famosos “calza pollos”, que eran unos zapatos para personas pobres, tipo los famosos huaraches de México, con suela de goma de carros. Era una empresa pequeña, pero también ofertaba plazas de trabajo.

ESCUELAS

Entre otras particularidades de la ciudad para entonces, hay que destacar que contaba con la mejor institución educativa del país, el Instituto Politécnico Loyola. Esta institución fue creada copiando una similar que existía en Cuba en los tiempos de Batista, y trayendo de allá a quien la dirigía con gran acierto, el padre Angel Arias Juez.

Y debemos de destacar, además, que existía en San Cristóbal, la mejor escuela con internado para señoritas, el Colegio San Rafael, dirigido por monjas, en su gran mayoría procedentes de España. Su esmero en la enseñanza era reconocido en todo el país, por lo que allí se ingresaban en calidad de internas a estudiantes de sexo femenino procedentes de todo el país.

Pero existía, además, la escuela normal de formación de maestros Américo Lugo, ubicada al suroeste de la ciudad, próximo al Instituto Politécnico Loyola. Allí también se ingresaban en calidad de internas muchachas de todo el país interesadas en dedicarse a la labor docente. Entre sus egresadas destaca la Lic. Thelma Camilo Rosas, que posteriormente enseñó en la escuela primaria y dirigió la escuela secundaria, terminando su labor como profesora universitaria en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

En otro aspecto, San Cristóbal contaba en sus escuelas públicas con talleres donde se enseñaban las llamadas artes manuales: carpintería y ebanistería, encuadernación y repujado, electricidad y modelado en barro. Para las señoritas, existía una escuela particular, dependiente de la primaria y secundaria, donde se les enseñaba a cocinar, fabricar vinagres, cocer, diseñar ropa y etiqueta y protocolo. Siempre a fin del año escolar se exhibían los trabajos producidos durante el año por los alumnos.

Y otra curiosa fuente de trabajo la constituían los cuarteles de las diferentes fuerzas castrenses. La policía contaba con un cuartel que todavía hoy se le ve como un edificio elegante. El ejército nacional poseía un cuartel de gran tamaño, con una población militar considerable y donde existía, además, un arsenal de armas poderoso. Y lo más curioso es que, aunque la ciudad no tenía mar, contaba con un importante cuartel de la Marina de Guerra, cuyo edificio todavía existe y ha sido usado en los últimos años para acoger refugiados de inundaciones.

Y algo muy trascendente es el Liceo Musical, creado por entonces, y cuyo edificio todavía hoy se ve como algo imponente, casi un siglo después.  Allí se enseñaba la música, los instrumentos musicales, la pintura, la poesía, la retórica y la literatura. Grandes profesores desfilaron por sus aulas, entre los que cabe destacar al poeta Domingo Moreno Jiménez y al pianista Manuel Rueda.

Y no podemos olvidarnos, claro está, del Hospital Juan Pablo Pina. En los años 50 este competía con el Hospital Dr. Salvador B. Gautier, considerado el más importante del país. Pero en el Juan Pablo Pina concentró Trujillo los mejores especialistas del país, llevados muchas veces de otros lugares, como sucedió con el Dr. Rafael Quirino Despradel, tras su regreso de Europa, el Dr. Heriberto Pieter, padre de nuestra oncología y el Dr. Héctor Mateo, famoso cardiólogo dominicano.

El templo católico de San Cristóbal aun hoy es visitado por turistas nacionales y extranjeros que desean deleitarse con las pinturas del español Vela Zanetti que recrean todas sus cúpulas.  Lo mismo sucede con el Castillo del Cerro, concebido como mansión de Trujillo, pero que este nunca habitó por una decisión personal.

Es de señalarse, que en los años 50, San Cristóbal destacaba por la práctica del deporte. Así, para 1955, del equipo de beisbol de la ciudad, tres jugadores integraron el equipo que fue a México a los juegos centroamericanos y del Caribe y allí destacaron. Fueron ellos, Manlio Pérez, short stop;  Angelito  Herrera, en la receptor y Juan Brito (Pululo), jardinero.  Todavía recuerdo los ejemplares del periódico deportivo Esto, de México, traídos por Manlio Pérez, donde se reseñaba la gran participación de los jugadores sancristobalenses.

Pero también en otras disciplinas deportivas hubo atletas destacados, como el profesor Luis Soriano, en carreras de velocidad, Domingo Porfirio Rojas Nina, en el lanzamiento de la jabalina, entre otros, además  del equipo de voleibol femenino de la ciudad.

En fin, por todas estas particularidades, a los sancristobalenses se nos otorgó la serie 02, es decir la segunda después de la capital, y la provincia de San Cristóbal era la de mayor tamaño del país. Hoy, sin embargo, a la ciudad nuestra se le ve empobrecida, sin fuentes de trabajo, con decenas de hombres ocupando el llamado “Parque de los vagos”, frente al Ayuntamiento y a cientos de hombres, jóvenes y adultos dedicados al moto-concho.

Sin embargo, ante la situación de nuestro pueblo, me vienen a la memoria las palabras del poeta español Francisco Rodríguez Marín (1883), quien en un momento de aparente derrota afirmó: “Si porque me ves caído me señalas con el pie, piensa que soy un hombre y puedo volver a prevalecer”, y también las palabras de nuestro honesto presidente Billini, que al día siguiente de dejar el poder tuvo que tomar un préstamo de $5.00 para comer, pero aun así expresó:  “Mientras mis enemigos creen que estoy bajando, yo me siento de pie sobre la cumbre”.

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Written by Bienvenido Feliz

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